Los Perros
Abelardo Díaz Alfaro
El Rucio era ya una estatua deteriorada. Un conjunto de instintos apagados en
donde sólo parecía vivir con intensidad un ojo, coágulo de luz turbia, espejo opaco
de seres y cosas.
La cabeza derrumbada, la crin rala, el espinazo hundido, los ijares al relieve
esculturándole el costado. La grupa caída rematando en el rabo lacio que se movía
lentamente como péndulo ocioso del cuerpo en derrota. La pelambre de mosaico
florecida de matauraduros –estrellas purulentas-. Un remo delantero hinchado en
la ramilla que sonaba al andar como el torpe bastón de un ciego en la noche.
Las moscas azules se pegaban tenoces a las rojas mataduras. Pero él apenas las
sentía. Movía el rabo con indiferencia, sin voluntad. Y con un ligero temblor
ondulante de los músculos intentaba espantarlas. ¿Pero para qué? Eran ya parte de
su existencia, de su andar perezoso en los caminos. Le daban al menos una
menguada sensación de vida.
¿Por qué los caballos no mueren antes de llegar a los caminos? Sabía del
suicidio de algunas bestias. El toro Josco se desnucó por los riscales del Farallón.
De potro había visto sacrificar a más de un caballo de fina estampa, de revuelta
crin, al quebrársele uno de los remos. Eso era preferible.
Los caballos en los caminos, mueren lentamente, día a día, hora a hora.
Andaba como desbocado. Había perdido ese misterioso instinto que guía las
bestias en las noches sin luna. Inclinaba hacia los lados la angulosa cabeza para ver
mejor el sendero, pero en el espejo opaco del ojo las figuras se quebraban, se
distorsionaban en espantos.
Pero lo que más le hacía sentir su impotencia eran los perros. Esos perros que
no dejan en paz a los caballos en los caminos. En las noches lunadas lo acosaban
con más encono y crueldad. Lo perseguían 2
ladridos. Ladridos lentos, lúgubres. Ladridos estridentes, agudos. Ladraban en
coro.
El era un espectro de la luz. Una escuálida estatua de luna. Contra el ojo
hipnótico, acuoso, los perros se alargaban, se tornaban fantasmales. Llegaban con
sigilo, uno a uno, arrastrándose. Escuchaba el gruñido sordo, el asesar de las bocas
negras. Presentía las lenguas rofas, babosas de plata. Los ojillos duros, perversos.
Los hocicos húmedos. Frotaban los rabos cerdosos contra su vientre seco. Le
hundían con saña los colmillos en la carne dolorida. Era un dolor agudo, un dolor
sin nombre.
Los patearía como antes. Los dejaría tendidos en los caminos con las bocas
espumosas, ensangrentadas. Los haría huir con el rabo entre las patas. Los perros
cobardes…
Se desorientaba. Vibrándole el armazón del cuerpo –árbol seco al viento del
abra-. Intentaba correr, y su remo hinchado sonaba como el torpe bastón de un
ciego en la noche. Los perros se escondían tras la ceja oscura de unos matorrales
para retornar con más fiereza. Los ladridos se prolongaban, estirábanse lúgubres en
la noche blanca. Se iban apagando tenuemente, soñaban a lo lejos cual risas
lunáticas.
La noche lunada había pasado. Un cincho de luz roja doraba el espinazo del
cerro Farallón. Por las mañanas, el Rucio se sentía mejor. Los perros se retiraban a
descansar. La luz cernida a través los mameyales era tibia, calentaba sus carnes
entumecidas, su costado perlado de rocío. Escuchaba ensimismado el canto de los
gallos de la alborada, el silbar apacible de las guajanas, el cochar tremolante de los
boyeros. Sintió deseos de subir hasta la cumbre del riscal Farallón. El viento era
allí mas puro, destrenzaba los hierbazales rumorosos, los malojillales silvestres. La
luz era de la cumbre diáfana, bajada del cielo cercano atenuada, amorosa. Se
sentiría allí, fuera de su miseria, de su andar sin rumbo en los caminos, del ladrido
cruel de los perros…
Ensayó subir. Buscaba asentar las rotas pezuñas sobre los broncos relieves de
las peñas. Adelantaba penosamente. El sudor humedecía su costillar desteñido.
Detúvose un momento a descansar. Bajó levemente la cerviz. Escuchó cercano, el
paso seguro, asordinado, de un potro de silla, un potro <<estrellero>>, que llenó la 3
mañana de relinchos lujuriosos, de ecos viriles. El borbotar del cuajo hirió sus
orejas dormidas…
Su cabeza se erguía entonces poderosa, sofrenada por la mano dura. Tascaba
el freno con rebeldía espumeándole la baba verdeante de pasto. La crin revuelta
de viento, el lomo sedoso, la grupa lustrada. Las orejas vivas, el cuajo detonante.
Los ojos, redondos espejos pardos tragándose el paisaje de jaquimón de soles
rabiosos. Una escultura de músculos y tendones en voluntarioso irote.
El ladrido ahilado de un perro le hizo erguir la cabaza. Los perros despertaban.
Un ladrido seco, respondía a otro vibrante. Dispersábanse en el viento. Los perros
se llamaban de batey en batey. Sentados en los cuartos traseros enfilaban al cielo
las cabezas soñolientas en fanático conjuro. Se confabulaban. Pronto estarían en el
camino. Colábanse por los boquetes en los mayales, se arrastraban mañosamente
bajos las alambradas, saltaban con ritmo de colindancias.
El primero en llegar al camino era un perro negro, alto, descarnado. Una
sombra luminosa de colmillos albeantes. Lo seguían otros de distintas razas, de
pelambres varias. Perros de presa, perros caseros, perros satos. Las cabezas bajas
husmeando su huella precaria, su sombra indecisa. Las izaban luego venteando su
cuerpo en derrota. Los ladridos eran ahora más breves, metálicos. Retumbaban en
los requedales del Farallón. Fundíanse en una sola onda temblorosa. Era ya una
jauría. Le parecía escuchar el fofo bordoneo de las patas inquietas.
En breve los tendría tras su sombraque se acortaba con la alzada del sol sobre
los mameyales. Empezó a temblar. Movía la cabeza hacia los lados en s penduloso
vaivén. Se pegó atemorizado a los espegues de la alambrada de un pastizal. Sintió
sobre sus mejillas un aliento poderoso, un resoplido ardiente que lo hizo
estremecer. En el ojo turbio se le estampó la cabeza alerta de un potrito cerrero, de
ojos azorados, lomo frágil, melena hirsuta. El potrito se encrabriló alborozado,
levantó el cuerpo cebruno sobre la alambrada, la testuz estrellada cortando el azul
radioso.
El potrito lo saludó con un relincho entrecortado, musical, que viboreó como
un látigo en los taludes del Farallón. Se lanzo luego al pastizal, el lomo contra el
suelo, los remos delanteros manoteando el azul en jubiloso desborde de bríos. 4
Brios que tuvo. El supo que la holgura de los pastizales y del correr en
estampido junto a las alambradas.
El ladrido violento de un perro detonó en sus orejas amusadas. Frente a él se
destacaba la silueta huesuda del perro negro. El pelo del cuello erizado, los
colmillos en relo destellando sobre las fauces oscuras. La presencia del perro negro
lo enloquecía. Su gruñido roñoso le electrizaba los nervios, llegábanle en oleadas
frías al cráneo.
Sus ojos de fija luz amarillenta se le hundían en la pupila vidriada,
encegueciéndolo. El perro negro levantó la cabeza sombrosa y quebró la mañana
con un ladrido interminable… Tras el Rucio respondieron otros ladridos, cortos,
netos. Pronto comenzaría la danza de colas, lomos sarnosos, lenguas descolgadas.
Los perros se movían en trancos menudos. Lo cercaban, lo tenían acorralado. Un
remolino de bultos en el ojo inmenso. Quizo avanzar en estampida. Hundió
voluntarioso el hocico contra el pecho, aferro las pezuñas como garfios a la tierra;
pero el perro negro lo apechaba lanzándole dentelladas salvajes.
Retrocedió atemorizado, las orejas tensas, los remos delanteros rígidos,
mostrando el blanco del ojo en pavor, petrificado sombre un promontorio de tierra
bermeja, contra un fondo de nubes sólidas. Un perro le hundió los colmillos en la
ranilla hinchada. Sintió que todo el cuerpo se le estremecía, se convulsionaba del
dolor. Y adelantó colérico entre el alarido redoblado de los perros. Le faltó el
aliento y esperó decidido el ataque de la jauría…
Que acabaron con él de una vez. Los perros roñosos.
Se alejaban dejando en el viento una estela de ladridos leves, transparentes.
Un silencio pesado de sol se hizo sobre la vereda. El Rucio doblegó la cabeza, la
barba casi a ras del suelo, laminando sobre el hondo de los cerros espejantes de sol.
El sudor empapaba sus ijares, le corría copiosamente por los remos, por las cañas
endebles, hasta mojar la tierra ardorosa. Su sombra era ahora apenas trasunto del
cuerpo trasijado.
No supo cuanto tiempo permaneció así, en duermevela. El párpado pesado
sobre el ojo inmóvil, enrojecido. Alzó un poco la cabeza y fue cobrando lentamente 5
sentido de su carne derrumbada, de sus flancos sangrantes, de su empeño terco de
llegar a la cumbre.
¿Qué se habían hecho los perros? ¿Por qué lo habían abandonado?
Su sombra se alargaba sobre el camino. El aire era menos denso. Penetraba
refrescante por sus ternillas húmedas, desflecaba su crin rala. El sol no castigaba
ya tanto sus carnes sangrantes. Alzó un poco La cabeza y en el ojo turbio se le
desdibujó la cumbre sobre la cual comenzaba a adensarse las sombras. El Farallón
era como un lomo robusto ensillado de luces amarillentas.
El Rucio quiso aprovechar el descuido de los perros, para llegar antes que
ellos a la cumbre, antes que la noche domase el espinazo del Farallón. Empezó a
caminar con paso mesurado, marcando el ritmo del cuerpo ingrávido. Dejaba un
rastro de sangre sobre las peñas ásperas. No entendía por qué los perros lo habían
olvidado. Tal vez lo estarían mirando ahora desde los bateyes, los ojos torvos
encendidos coms ascuas. El viento hacía ondular el verdor fragante de los
hierbazales. Un vaho a tierra virgen le llenaba el pecho escuálido.
El potro había escalado la cumbre del riscal. La cabeza hudida en las nubes.
La melena trémula de viento. El relincho potente dilatándose en ondas viriles sobre
el valle del Toa, azotando en chasquido los taludes del Plata, los riscales de San
Lorenzo.
Un aullido profundo hizo vibrar la tarde silenciosa. Lo habían atisbado. Un
clamoreo de ladridos dispersos ascendía tumultuoso desde los bateyes… No
venían como antes, lentos, sigilosos. Corrían como celajes. El Rucio sofrenó
desconcertado. Una baba amarga, espumosa, le inundaba los labios. Caía plateando
el camino morado del crepúsculo. Los ladridos percibíanse ahora más claros. Se
adensaban, se fundían en un solo aullido hondo, lúgubre, funeral. Los perros
tranqueaban el camino… Faltábale apenas un tramo de peñas adustas. Los perros
eran veloces y su paso perezoso. Entrevió vagamente la cumbre del riscal
encabrestada de luces sangrientas. Los guayabos de la cumbre eran perros de
sombra.
Los ladridos eran más intensos y feroces. Ululaban en el viento. Creía oír el
silboso jadeo de las bocas negras. Alargó el cuello en desespero, queriendo 6
imponer al cuerpo extenuado su voluntad de avance. Apenas podía sostenerse en
los remos oscilantes. Un olor extraño, inmundo, traía el viento desde los bateyes,
desde el camino. Olor a lomos sarnosos, a pelambres llagadas. El ojo agrandado
en esfuerzo se tornó rojo de crepusculo. Volvió a escuchar el fofo bordoneo de las
patas inquietas. Palpitaba en sus orejas abatadas. Las sentía caminar sobe su lomo,
arañándole la carne mustiada. Le darían alcance…
Crispóse de pánico. Encogió el cuerpo, escurrió el anca, medroso, aterido.
Tras su grupa estalló el coro de ladridos disonantes, destemplados. La noche caería
presto y los perros pisaban su huella, su sombra alargada.
Sesgaba la cabeza hacia los lados receloso, desconfiado. Hinchada la nariz,
nervioso. Disparadas en tensión las orejas al cielo. El ojo enorme, desorbitado. Los
perros avanzaban agresivos. Gruñían agriamente mostrando los dientes afilados,
las fauces cavernosas. Flameaban en vértigo las colas. Un estribo de luz cárdena
pendía de las nubes sangrantes.
Lo embistieron en tropel. Eran ahora más, de todas las comarcas, de todos los
confines. Clavaban las uñas corvas en sus ijares húmedos, en sus costillas endebles.
Acrecía con la tarde el estruendo ensordecedor de los ladridos. Martillaban su oído,
perforaban su cráneo. El Rucio volvía enfurecido la cabeza y con los dientes
amarillentos quería desprender los perros de su costado, pero estaban aferrados a
su esqueleto, a su piel descolorida.
Perdió el equilibrio y cayó sobre los remos delanteros, entre el clamor jubiloso
de la horda estremecida. Pataleteaba en el suelo indefenso, desesperado, tratando
de erguirse sobre el tumulto de lomos sarnosos. Logró, al fin, hincar la rodilla en
tierra, y se fue incorporando desbalanceado, voluntarioso ante el asombro
enconado de la jauría. Se le acortaba el aliento. Le palpitaba el pecho en ritmo
desigual, inármonico, como de fuelle sin lumbre. Un espumarajo lívido, colgaba
de sus belfos sedientos.
Distendía el cuello anhelante. Estiraba la enjuta cabeza hacia las nubes
incendiadas, hacia el ocaso luminoso. El cuerpo desmedrado no respondía al
acicate de su empeño, aguijón de su voluntad. La noche pavorosa lo sorprendería
en el camino. 7
El perro negro, rugiendo sordosamente, se escurrió bajo su vientre y le clavó
con saña los colmillos en la ranilla hinchada, en la carne tumefacta. Un espuelazo
candente que le llegó al corazón. Vibraron todos sus nervios, todas sus fibras.
Crujió el armazón de su cuerpo como el árbol seco al viento del abra. Tranqueó
despavorido, alucinado, dando tumbos, impelido por una fuerza misteriosa. Se
detuvo rendido, atolondrado. Derribada la cerviz, tenso el cuerpo inerme,
paralizados los remos. Inmóvil sobre las peñas agrestes…
Su cabeza parecía flotar ahora sin consistencia. El viento era menos denso.
Silbaba apaciblemente en los herbazales rumorosos, aullaba en los cantiles
bermejos del Farallón. Rizaba su crin rala. Henchía su pecho de alientos, de
fragancias olvidadas. El Rucio husmeó el vacío profundo. Unos pasos más y
rodaría al fondo del riscal estrellado sobre las lajas azules del río.
Los perros lo acosaban frenéticos, enardecidos. Horadaban su carne
magullada. Fluía copiosa la sangre de su costado. Le trababan los remos
queriéndole arrancar de la cumbre, pero se resistía, voluntarioso, desafiante.
El vaho húmedo del río fue apoderándose de su garganta, de su pecho, de su
vientre. Corría vivificante por el cauce hinchado de sus venas, como savia
bienhechora. Iba sosegándole la fatiga, aligerándole el cuerpo en quebranto.
Fue alzando majestusamente la cabeza. Una luz distinta, atenuada, amorosa,
bajaba del cielo cercano, iluminándole el ojo entenebrecido. Se difundía gloriosa
por el valle del Toa, diafanizaba los taludes, aureolaba las nubes. Aspiró todo el
aire embalsamado del valle, del río. Se sintió poderoso sobre la cumbre,uncido a
las nubes, desprendido de la tierra, fuera de su miseria, de su andar sin rumbo en
los caminos.
Los perros saltaban lunáticos sobre su cuerpo, sobre el ocaso, pero apenas los
sentía. El corazón comenzó a latirle violentamente. Un latido hondo, lacerante
pareció quebrarle el pecho, desgarrarle las entrañas. Todo giraba ahora en el ojo
solitario, los perros, la cumbre, el cielo ensangrentado. En medio del torbellino
fulgían escalofriantes, tenaces, los ojos de fija luz amarillenta.
Una ráfaga helada venida de lo hondo de los cerros, lo envolvió. Caló toda su
osamenta. Una plácida sensación de bonanza, de reposo, fue invadiendo lentamente su carne crucificada, sus huesos torturados. Presintió la muerte del día,
el advenimiento de la noche profunda, de la noche infinita.
Enarcó airoso la cerviz. Irguió en reto la angulosa cabeza hasta las nubes…
Afirmó la esquelética figura sobre la cumbre. Una estatua cenicienta, voluntariosa,
contra el claroscuro de la tarde declinante.
El ojo inmenso se le fue cubriendo de sombras, sombras vagas, sombras
densas. Una sombra definitiva y compacta.
¡Los perros ya no ladraban…!























