
¿Por qué nos gusta tener razón? Porque uno descubre que tenía ideas claras, que había analizado bien el problema, que había superado un prejuicio, que no se dejó engañar por informaciones inexactas, que pudo decidir según lo mejor y más verdadero.
¿Va a llover esta tarde? La duda surge. Unos dicen que sí, otros que no. Tomo el paraguas. Tenía razón: el paraguas fue mi ayuda en medio de un chaparrón torrencial.
En cambio, no tener razón causa desasosiego. Creímos a un amigo, y nos engañaba. Aceptamos como válida una noticia, y resultó un engaño periodístico. Supusimos que era mejor este zapato que el otro, y a los dos días ya teníamos una herida en los pies y una grieta en la piel del zapato.
No tener razón lleva a choques más o menos serios con la vida. Porque al final la verdad se impone. Por más que pensemos que esa enfermedad no ha entrado en mi cuerpo, si estoy enfermo tarde o temprano tendré que pagar las consecuencias.
Por eso queremos tener razón: para estar en la verdad. Lo cual significa una ganancia en mi mente, en mi corazón, en mis acciones, en mi trato con los demás.
Hay veces, sin embargo, que nos gustaría equivocarnos. ¿No nos ha pasado que creímos un chisme de un amigo y luego comprobamos que era falso? En esos casos, no tener la razón alivia: superamos un prejuicio. Aunque, a decir verdad, sentimos cierta pena precisamente porque, al haber creído que era verdadero lo falso, pusimos en peligro una amistad quizá fraguada durante años de trabajo y colaboración.
Por eso, en el fondo, siempre deseamos tener razón, también cuando la sospecha de que aquel banco iba a quebrar nos ayudó a no invertir en el mismo los pocos ahorros de los últimos meses de trabajo.
En definitiva, nos gusta tener razón al pensar y al actuar. Sólo en la verdad conseguimos una vida plenamente humana. Sólo en ella, como enseñaba Cristo, somos realmente libres (cf. Jn 8,32). Sólo en ella conseguimos invertir nuestras energías interiores en metas buenas y avanzamos hacia el encuentro con un Dios que es Camino, Verdad y Vida.
Tener razón, o al menos estar convencido de tenerla, ¿dificulta el diálogo?
Parecería que sí. Basta con encontrarnos con algunas personas que están muy seguras de lo que dicen para constatar cómo reaccionan ante quienes les llevan la contraria.
Desde luego, si dos más dos son cuatro, causa irritación encontrar a quien, por error, diga que son cinco o son tres.
Pero en otros muchos temas, las cosas no son tan claras como las matemáticas. Basta con pensar en asuntos sencillos como el fútbol, o mucho más complejos, como las causas de una inflación galopante.
Cuando nos encontramos con quienes piensan de otra manera, podemos estar
seguros de tener la razón y, al mismo tiempo, saber dialogar con los “adversarios”. Ello es posible si existe buena educación, si reconocemos la humanidad de quien nos presenta ideas opuestas a las nuestras, y si nos abrimos a la posibilidad de un diálogo que permita avanzar, aunque sea un poco, hacia la verdad.
No siempre el diálogo lleva a unos a reconocer sus errores, y a otros a matizar sus verdades. Muchas veces los que debaten terminan pensando como antes de discutir. Sin embargo, si en ambas partes hay una sana escucha, y si cada uno sabe exponer sus convicciones de modo educado y respetuoso, el diálogo no solo resulta posible, sino que permite romper barreras y abrir mentes y corazones.
Tener razón y saber dialogar es algo posible para todos. En ocasiones, resultará difícil, sobre todo en temas realmente complejos y que levantan pasiones. Pero el esfuerzo de unos y otros por escuchar y exponer serenamente los diferentes
puntos de vista es siempre una victoria importante en el hermoso arte del diálogo.